Destacado

El destino de Ignacio Heredia ©

     Ignacio Heredia tenía cinco años cuando lo arrancaron de su familia. Fue una noche de invierno. Su madre, Clara, corrió con Ignacio entre sus brazos hasta la casa de su hermana, y le exigió que se lo llevara lejos, y le hizo jurar que jamás lo traería de regreso. Su hermana asintió entre lágrimas, a la vez que se dirigía a toda prisa hacia el puerto, con el niño entre sus brazos. Clara los acompañó, y pudo ver cómo la embarcación se deslizaba por el ancho río. Miraba con lágrimas en los ojos cómo su hijo se alejaba hasta perderse en un punto lejano. Don César, un viejo pescador que vivía en la costa, cerca de los barcos, le dijo que nadie podía escapar de su destino y menos aún un Heredia. Clara ni siquiera se dignó a mirarlo.

     Veinte años después, Ignacio Heredia dejó a su familia con la promesa de volver a verla; le dejó una carta a su hijo que aún no podía caminar y retornó a la costa argentina en la misma embarcación que una vez lo hubo llevado a la costa del país hermano. Recordaba su niñez como quien recuerda un sueño. Las imágenes eran borrosas y las voces se deshacían antes de que pudiera entenderlas. Después de años de una búsqueda que no comprendía del todo, Ignacio creyó que encontraría una explicación a la pesadilla que se presentaba todas las noches en sus sueños, sin excepción. En ese sueño era un niño que corría descalzo por la playa, y comenzaba a gritar cuando veía el rostro del hombre que estaba tirado en la ribera del río. Cuando vivía en la costa uruguaya, un poeta que pasaba sus días en un barco encallado le había dicho que del otro lado del río encontraría todas las respuestas que estaba buscando, incluso las de su sueño repetido. Solo tenía que encontrar a don César, el viejo pescador que vivía frente al litoral en una casa construida sobre altas columnas de cemento que semejaban patas de material.

     Así lo hizo Ignacio. Cuando el barco arribó, permaneció en silencio mirando el puerto. Después de una caminata bajo el sol y sobre la arena, Ignacio encontró la casa. Vio que el viejo estaba pescando sobre un muelle largo, y cuando lo vio acercarse le preguntó quién era. Ignacio le dijo que era un Heredia y que esperaba encontrar una respuesta. Don César asintió en silencio y le dijo que pasara a su casa y que buscara su respuesta en uno de los libros de cuero rojo que se encontraban junto a la ventana del living. Y se quedó mirando las aguas que ondulaban hacia la costa.

     Ignacio Heredia entró en la casa y tomó un libro, entre varios otros. Se sentó en un sillón alto. Por la ventana podía ver las numerosas rocas y piedras en esa parte de la costa del río. Cuando lo abrió, se dio cuenta de que era un diario. Diarios con forma de libros. La primera hoja estaba fechada el día nueve de enero de mil novecientos veintisiete. La última, en el año dos mil diez. Dejó ese libro sobre la mesa. Las imágenes de su sueño se hicieron presentes. En ellas, era un niño de unos cinco años que corría descalzo por la arena. Después de hojear algunas hojas, encontró la que tenía el día que le interesaba. En esa hoja, había una fecha anotada en el borde superior izquierdo. Ignacio Heredia leyó en voz alta: Trece de julio de mil novecientos ochenta y cinco. En las hojas que siguieron, Ignacio pudo leer que don César, esa tarde de invierno, había vislumbrado una embarcación que se dirigía hacia la costa. Y sin poder esperar más, se sumergió en el relato como si ese fuera el único mundo que existiera. La letra del viejo pescador era prolija, y pudo descifrar los signos sin dificultad. Leyó:

     La embarcación arribó lentamente y, después de unos minutos, unos hombres descendieron de ella y se acomodaron alrededor de una mesa baja. Entre mate y mate y con los acordes de una guitarra de fondo, pude oír el comentario de un joven hombre que relataba el último duelo del “negro” Ezequiel Virreyes. Yo sabía que el negro, tal como su padre y su abuelo lo habían sido, era un destacado cuchillero de la costa uruguaya. Recordé que, por dos siglos, la familia Virreyes había resuelto sus conflictos fuera de la ley. Era un mundo con sus propias reglas y tradiciones que caían rigurosamente sobre cada uno de sus descendientes.  Ignacio miró hacia la ventana. El pescador seguía con la caña en la mano, y miraba el infinito. Y siguió leyendo:

     Mientras observaba el barco anclado, me pareció que el reflejo de la luna semejaba un puñal evanescente que comenzaba en las aguas del Río de la Plata y que terminaba en la ribera del país hermano. Y recordé cuando mi padre me contó que el primer rumor desafiante había sido traído por un barco pesquero hacía unos doscientos años. Era una madrugada fresca de otoño, el cielo tenía algunas nubes oscuras y la luna plateaba las orillas del ancho río. El país se agitaba en convulsiones políticas que mostraban vientos de profundos cambios; mientras que en el puerto, el joven José Heredia le pedía cuentas a uno de los hombres que había bajado del barco esa noche. Entre otras cosas, le dijo que de este lado del río, las cuestiones se arreglaban a su manera. Como respuesta, el descendiente Virreyes le cruzó la cara con su cinturón de cuero. Los hombres se miraron a los ojos y, sin decir palabra, se encaminaron hacia la playa. No pude evitar recordar la emoción en los ojos de mi padre cada vez que relataba esa pelea, y cómo se enorgullecía en decir que su padre había presenciado ese desafío. Quizá porque estaba amaneciendo, las primeras luces rojizas del alba crearon una imagen surrealista. Ambos hombres, diestros en sus armas, ofrecieron un espectáculo que habría de perpetuarse en la memoria de quienes presenciaron esa pelea. En menos de un cuarto de hora, el cuerpo del uruguayo yacía en la arena. Sus familiares lo retiraron y saludaron a su matador con respeto.

     Ignacio Heredia tuvo que dejar el libro sobre la mesa. Pudo ver con toda claridad el rostro del hombre que aparecía en sus sueños; y las voces que deshacían antes de que pudiera entenderlas se hicieron audibles. Ahogando un grito en su garganta, siguió leyendo:

     Esa noche del 13 julio, seguí oyendo los acordes de la guitarra. Los hombres estaban silenciosos, escuchando muchacho que seguía relatando la arrogancia del “Negro”. Faltaban pocas horas para el amanecer, cuando el muchacho interrumpió su relato. Un hombre entrado en años, pero no viejo, se acercó hacia él y lo miró fijamente mientras fumaba un cigarrillo de papel. El muchacho sonrió con insolencia; el mensaje había hallado tierra fértil. El penúltimo descendiente de los Heredia asintió y le escupió sobre los pies. Pude oír que en dos días se ajustarían las diferencias en la orilla que todos conocían de memoria, y que había presenciado cientos de duelos a cuchillo. Y, efectivamente, dos noches después los fogones fueron encendidos al caer el sol. Recuerdo que desde mi ventana todo se veía lejano, como proyecciones; pero pude adivinar que los dos hombres que se habían acercado a uno de los fuegos medían las facas y discutían los pormenores. Y una vez que los detalles fueron discutidos, la pelea comenzó. No duró mucho. El “Negro” Ezequiel Virreyes asestó una puñalada intensa, imposible de esquivar. Mario Heredia agonizaba de cara al cielo, cuando oyó la voz de su pequeño hijo que corría descalzo hacia él, y gritaba enloquecido: “¡Papá!, ¡papá!”.

     Ignacio Heredia cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Sintió que todo lo que lo rodeaba le era extrañamente familiar y suspiró aliviado. Sabía exactamente quién era y no lo podía negar por un minuto más. Salió de la casa y miró una vez más al pescador. El silencio dijo todo lo que ellos callaron. Don César vio pasar al joven hombre a su lado, y perderse a lo lejos.   

     Unos días más tarde sentado frente a su ventana, el viejo pescador observó que Ignacio Heredia se presentaba en la orilla que todos conocían. Y a lo lejos vio al “Negro” Ezequiel Virreyes que se acercaba lentamente. Y miró con cansancio a los hombres que se disponían a encender los fogones.

     Don César trató de recordar si en los últimos doscientos años alguna de esas peleas había significado algo más allá de la pelea misma. Y si alguna de las que se sucederían en los siguientes años lo haría. Conocía el coraje de los hombres, el honor de morir libres y en su ley pero por más que se esforzó no pudo ver nada grandioso en ello. Al final del día, solo era el caer de un hombre que generalmente agonizaba con lentitud, y otro que se retiraba del lugar en silencio.

     Quizá porque tenía más de cien años, o porque las peleas siempre eran las mismas, don César no pudo distinguir si la pelea era actual o si era del año pasado o del siglo pasado. Pensaba que en estos dos siglos, estas dos orillas permanecían tranquilas, estáticas y contrastaban violentamente con la actitud de los hombres, que no se entendían e insistían en dejar de ser hermanos.

El olvido ©

     Desplegó sus alas y con una desesperación que solo conocen los que olvidan de día, buscó las palabras sagradas en el viejo manuscrito. Dentro de esas hojas, que explicaban el comienzo y la perpetuidad de los tiempos, examinó la manera de forjar un tiempo fuera del mismo tiempo, ya que necesitaba prolongar las horas de oscuridad para no dejar de percibir a la única mujer que hubo amado en sus cientos de años. Pero el día sigue a la noche, y así las rojizas luces del amanecer se hicieron presentes.

     Con tristeza (acaso con resignación) la gárgola comenzó a petrificarse. De a poco, ella fue sumergiéndose en el olvido.

Laura Obholz, diciembre 2010

Tuve un sueño ©

Tuve un sueño. Era de libertad, de inmensa libertad

todo era tan grande y luminoso que al principio no podía ver

 Tuve ese sueño,

cuando desperté no lo recordé porque estaba aquí, viva y lejos de todo,

pero tuve ese sueño donde vivía y el silencio me acompañaba

donde podía dejar de pensar y sólo ser

nada de otras cosas.

Tuve ese sueño que era tan pacífico tan real pero no me quedé ahí

ahora estoy despierta y solo pienso en ese lugar.

Si se pudiera quebrar el tiempo, si se pudiera abrirlo y dejar cada pedazo a un costado,

cada cerrar de ojos me transportaría a otro lugar

a ese lugar.

Tuve un sueño y no era de una playa de arenas blancas

solo era pacífico, silencioso y el tiempo era mi títere y yo manejaba sus hilos,

sus distancias.

La serenidad me llamó a no pensar.

Lejos de ese sueño la desesperación me ofrece mil salidas,

mil puertas que yo no sé abrir

y temo que tras ellas esté la inexistencia o las respuestas

o una palabra que me diga que todo es tal desperdicio,

que tal pasan los años frente a mis ojos con bruscos despertares momentáneos…

y luego a dormir otra vez, sin nada, con la inercia de todo.

Tuve ese sueño, no se trataba de agujas que siguen marcando aún cuando permanezco

parada, mirando, tratando de pertenecer

de integrar

de ser.

Esas agujas que siguen marcando y yo no me muevo,

no me muevo del lugar.

Tuve un sueño donde no dormía, donde cada momento no era perdido y

había bondad y había amor.

Tuve un sueño de tierras lejanas donde el alrededor profundo absorbía

todo tipo de preocupaciones,

donde el silencio me abordaba, sorprendida,  y llenaba mis oídos mis espacios mis sentidos.

tuve un sueño y desperté no recordándolo

con una sensación de quietud que acompaña hasta ahora mismo,

me lleva, se acerca y no me abandona.

Tuve un sueño y no era de una playa de arenas blancas

solo era pacífico y silencioso y el tiempo era mi títere y yo manejaba sus hilos,

sus distancias.

Desperté y sentí el dolor de estar viva

y me di cuenta de que ese soñar puede ser una vida u otra vida,

 o quizá la vida.

Eso que (no) te sigo diciendo

Un suave murmullo de vida crece

si tus palabras alcanzan mis oídos.

Palabras suspendidas que dan vueltas

y se sumergen en mi mar en calma.

Una pequeña ilusión se hace inmensa

cuando no me hablás.

En tu silencio puedo crear eso que no puedo decirte

eso que quiero y no puedo gritarte.

Unos cantos lejanos tienen lugar

cuando construyo esta realidad que me gusta imaginar.

Es una melodía repetitiva hasta el hartazo

pero es la única que conozco.

Tenés la dicha de no saber nada de esto

y yo tengo la (des) dicha de saberlo todo.

Invoco tu cara,

y esa imagen vive en los palacios de mi memoria

y está intacta, perpetua y atemporal.

El bosque de robles

     Mi disgusto por las reuniones familiares me hizo retirarme temprano de la casa de mi abuela. Allí se festejaba el compromiso de unos primos lejanos a quienes apreciaba sinceramente, y antes de abandonar la inmensa casona, mi abuela me recordó que debía llevarme unas cajas que había separado para mí. Ella era una acomodada anciana que le fascinaba cada año renovar todas sus pertenencias y, gustosamente, obsequiaba algunas de sus cosas a quien quería. Nada se quedaba en esa casa más de un año. Con la misma pasión que obtenía los objetos los regalaba o vendía, según su antojo. Era una mujer que se renovaba constantemente. Bastaba que se acercara fin de año para que un desfile de cajas se amontonara en el espacioso living.

     Este año me había guardado numerosos libros que había adquirido en sus viajes por diferentes lugares. También numerosas ramas secas, piedras semipreciosas, una fíbula de oro y hojas de roble; y unas extrañas figuras de madera que había comprado en Japón hacía sólo unos meses junto con una katana en su vaina. Sin duda era un conjunto de cosas incompatibles entre sí, incongruentes y desiguales.

     Una vez instalado en mi departamento coloqué cerca de la ventana las ramas secas, las figuras de madera y las piedras en el alféizar. Desparramé las hojas de roble en mi mesita ratona junto con la fíbula y me dediqué enteramente a hojear los libros, que se hallaban en excelente estado. Me interesó uno en particular cuya tapa dura estaba forrada en cuero rojo, gastado. No tenía título, sólo unos símbolos gaélicos que, después de consultar su significado hasta el cansancio, me enteré de que solían hallarse tallados en piedras que se encontraban cerca de los bosques de Irlanda. Cuando toqué las hojas del libro, que en total eran diez, noté que no eran hojas de papel. Tenían un grosor y una suavidad que pude percibir con los dedos. No tardé en darme cuenta de que estaban hechas de cuero muy delgado, y que estaban escritas en un lenguaje que no conocía. Eran lisas e invadidas por el tiempo que les había impregnado su color amarillento.

     En su interior, en la contratapa, había un pequeño corte por el que se asomaba una punta de papel. Con extremo cuidado metí una pinza de madera y extraje su contenido. Eran, en total, cinco hojas de fino papel.

     Dejé el libro sobre la mesita y miré perplejo las hojas que había sacado. Las desdoblé, con cuidado, ya que parecía que se desharían en mis dedos. Estaban escritas con tinta negra y la letra era prolija y ondulaba levemente hacia la derecha.  Después de leer la primera hoja, pude enterarme de que era un tal Justiniano el que escribía y fechaba el margen izquierdo superior de cada hoja. Con incredulidad leí la fecha: trece de octubre de 1850.

     Traduciré —decía Justiniano en el primer párrafo— el contenido del pergamino que he encontrado en una excavación esta mañana. Para evitar sospechas, lo he cortado en diez trozos y lo pegué dentro de un libro, así resultará inadvertido. El pergamino ha sufrido el paso del tiempo y los símbolos amenazan desaparecer. La traducción será difícil, ya que es una lengua muerta que sólo se habla en exclusivos círculos cerrados que aún quedan en Irlanda. Este documento, guardado cuidadosamente en forma de pergamino —escribía Justiniano con su letra prolija— lo escribió un viejo druida que se hacía llamar Tanfreinn, en honor a su lugar de nacimiento en los límites de la Selva Negra.

    Por un momento, me quedé paralizado. Sentía una emoción profunda y a la vez una leve preocupación, ya que no me eran desconocidas algunas costumbres de los hombres que hubieron espantado a los generales romanos con sus gritos y ferocidad en la batalla. Yo sabía los druidas les enseñaban sus sucesores a memorizar cada acontecimiento, cada pedazo de historia sin trasladarlo nunca a una forma escrita, porque sostenían que perdían su valor, convirtiéndose en relatos carentes de la vivacidad que sólo podía darles la voz humana. Magníficas batallas al caer el sol, junto con el olor del pasto húmedo por las prolongadas lluvias se reducían a la pobreza de las palabras que trataban en vano de evocarlas.

     Retomé la lectura de las hojas Tanfreinn decidió escribir el acontecimiento que extinguiría a uno de los clanes dominantes del bosque de robles. Aunque la escritura estaba prohibida, el viejo druida sabía que ese hecho cambiaría una parte de la historia. Por eso, cuando ese día cayó en el ocaso tomó un pergamino cuya procedencia era de un toro que había sido sacrificado en el último solsticio vernal y plasmó las impresiones de aquel día.

     No pude evitar pasarme una mano por la frente. Aunque todavía no eran las cinco de la tarde, una inexplicable oscuridad envolvió cada ambiente de mi departamento como un manto lento. Se me antojó que las cosas perdían nitidez. Tengo que confesar que toda mi atención estaba en esas hojas, y era como si las demás cosas fueran nada o como si pertenecieran a otro mundo y yo sólo tuviera ojos y percepciones para las palabras de Justiniano.

     Tomé la segunda hoja, que estaba fechada unos días después de la primera. Justiniano seguía escribiendo Trataré de traducir ahora las palabras del druida, pero no es sencillo. He consultado hasta el cansancio frases enteras, símbolos, pero me cuesta reponer información. El gaélico no es mi especialidad; deberé esperar que un colega, que se especializa en simbología, me devuelva unos papeles que le envié hace unas semanas. Me preocupa un poco el significado de estos símbolos abstractos ya que los he visto tallados en varias piedras y árboles en los bosques más espesos de ciertas provincias de Irlanda. Y, en donde sea que aparecían, era habitual que una estela indescifrable se apoderara del entorno.

     Para mi sorpresa, había unos cuantos renglones en blanco. Una ráfaga inexplicable sacudió las cortinas, haciendo caer las piedras que había colocado en el alféizar de la ventana. Sin hacer caso a ese hecho, retomé la lectura.

     Después de prolongadas lluvias —ahora Justiniano traducía las palabras Tanfreinn— el sol se asomó tímidamente. El roble del centro del bosque se partió en dos y supe enseguida que un acontecer extinguiría a los integrantes del clan del bosque azul. Sin perder tiempo, monté mi caballo negro y me dirigí hacia la tribu. El presagio atormentaba todo mi ser pero mi decisión ya había sido tomada. Apenas llegué el jefe Bricio, vestido con ropas ceñidas y azuladas, me abordó y me invitó a pasar a su casa. Puso un festín en la mesa a mi honor, y mientras bebíamos le informé que al mediodía había sido pactado el duelo. Sería en dos días. El motivo, la insolencia de su hija mayor, que acostumbraba a desafiar al jefe del clan vecino. El resultado de la pelea provocaría una dicotomía irreversible, y le informé que luego del enfrentamiento a muerte, la batalla que los extinguiría era inminente. Ésta se llevaría a cabo en los límites del bosque de robles apenas comenzaran a florecer los árboles.

     Por un momento me quedé absorto. Sabía que los celtas acostumbraban a pelear a muerte por un insulto, pero esta pelea era la explicación del destierro y desaparición del clan del bosque azul. Muchos historiadores no lograban ponerse de acuerdo en cuanto a la repentina desaparición de ese clan entero; unos afirmaban que una devastadora enfermedad los hubo alcanzado, otros que eran parte de una leyenda, como tantos cantos y acontecimientos que se pasaban de boca en boca. La traducción de Justiniano había sido interrumpida una vez más. Recién retomaba la traducción semanas después. La segunda hoja aparecía fechada el día veinte de noviembre.

     He recibido hoy —escribía Justiniano con su letra prolija, que ondulaba levemente hacia la derecha— las notas que le envié a mi colega, junto con otras hojas. En ellas me comentaba que, efectivamente, se trataba de un documento remoto y que, por las pocas frases que hubo traducido, se trataba de exponer un acontecimiento sin precedentes; pero sería de una manera deleble, es decir de un modo que el conocimiento no pudiera aflorar sino para desvanecerse inmediatamente.

     No pude evitar soltar un suspiro. ¿Un conocimiento momentáneo? ¿Era posible tal cosa? Advertí un leve olor a tierra mojada, ese aroma a hojas sumergidas, barro y humedad que sólo se percibe en espacios abiertos y rurales.

     Mi colega —escribía Justiniano— me advirtió que era posible que el documento estuviera protegido, ya que pudo descifrar algunos símbolos que se tallaban en piedras cercanas a pantanos, o en el mismo tronco de los robles que se utilizaban para ofrecer sacrificios a Esus. Ese acontecimiento por alguna razón había sido escrito, pero también estaba destinado a no salir nunca del abismo negro de donde había sido concebido; y allí volvería una y otra vez cada vez que fuera articulado, llevando consigo la conciencia que lo percibiera. Mi colega, aunque es un hombre de ciencia, me advirtió que las leyendas eran sólo eso; pero que él mismo, en todos los años que había perseguido mitos y desenterrado objetos había presenciado escenas y comportamientos que no podía explicar de una forma racional.

     Por un momento dejé las hojas sobre la mesa. Miré la fíbula de oro y las hojas de roble desparramadas mientras me preguntaba cómo una conciencia podía ser trasportada a otro lugar. Sentí una vibración bajo mis pies, en las paredes, en cada rincón del departamento. Era un sonido sordo, grave que se dejaba oír espaciadamente, como una extraña melodía envolvente. Retomé mi lectura. Había otra vez un gran espacio en blanco.

     Dejé a un costado las notas que me mandó mi colega —escribía Justiniano y su letra había perdido su prolijidad; ahora se salía del renglón y las barras de las te traspasaban el papel— y, aunque entiendo sus advertencias, las dejaré de lado. Necesito saber qué es lo que pasó, y me atendré a las consecuencias. Ya percibo un tiempo que se instala en mí, un tiempo que está fuera del mismo tiempo. Me enloquece el sonido que sale de todas partes, parece envolverme y llevarme a un lugar anacrónico.

     Levanté la mirada de las hojas. A mi alrededor, los objetos perdían definición. Una parte de mí intuyó el inminente peligro que me acechaba; pero otra, que se resistía a renunciar al privilegio del conocimiento, cedió por completo. Y seguí leyendo.

     Sólo quedan dos pedazos de pergamino y los símbolos en él se hacen cada vez más ininteligibles. Trataré de apresurarme, aunque no puedo explicar por qué la grafía se aclara. La pradera de un verde fresco se hallaba inundada por las copiosas lluvias que se desencadenaron hace tres meses. Tanfreinn caminó Junto al jefe Bricio hacia el Norte, hasta que comenzaron a aparecer algunos árboles, anticipándose al espeso bosque de robles. Abruptamente la lluvia cesó, y pudieron ver las ramas caídas cerca de los tótems que se alzaban en forma fusiforme. El mediodía estaba cerca, ya que se había comenzado a oír un sonido grave, envolvente que se repetía cada tres segundos. El suelo parecía retumbar a cada paso. El jefe del clan azul caminaba junto al druida hacia el interior del bosque hasta que apareció un irregular sendero que conducía a un espacioso claro, de forma circular. En los bordes del círculo había grandes piedras oscuras, asimétricas y talladas con inscripciones abstractas que se encerraban en ellas mismas. En el centro del círculo había un grupo de hombres. Tanfreinn —siguió traduciendo Justiniano— se quedó cerca de una piedra con forma de ciervo, que se hallaba fuera del círculo. Un hombre entrado en años, pero no viejo, caminó hacia el centro del círculo. Tenía una espada en la mano y vestía un pantalón de cuero, cosido con hilos rojos. Llevaba el pelo suelto, que le llegaba casi hasta la cintura, y tenía la barba y bigote trenzados. Sus hercúleos brazos ostentaban brazaletes y adornos de oro. Su pecho carecía de prenda alguna, solo había sido restregado con un ungüento que hacía brillar su piel dorada. Una gruesa torques le cubría el cuello, cuyos extremos semejaban cabezas de serpientes. Sólo sus verdes ojos parecían darle vida a ese rostro inalterable. Se quedó en la mitad del círculo, esperando. El sonido se oía ahora cada vez más profundo y sin distancia entre cada repetición.

     Con incredulidad miré las hojas. La traducción había sido bruscamente interrumpida, ya que un rayón que destrozaba la hoja lo confirmaba. La última palabra de Justiniano estaba inconclusa. Exploté en una terrible blasfemia y arrojé las hojas al vacío. Comprendí que ciertos acontecimientos estaban destinados a no conocerse nunca, o por lo menos a morir con quien se atreviera a desenterrarlos. A mi izquierda tenía el libro de cuero rojo, gastado. Traté de cerrarlo, de dejar esos símbolos sumergidos en el silencio, pero mis ojos ya estaban fijos en ellos. No sé cómo, pero de pronto esos signos se trasformaron en imágenes comprensibles, accesibles. Pude seguir leyendo sin dificultad. Del grupo de guerreros que estaban fuera del círculo (porque eso es lo que eran) se destacaba una mujer alta, increíblemente atlética pero delgada. Un olor a tierra mojada despertó mis sentidos. Levanté los ojos del libro rojo, y me pareció que el sol se asomaría de un momento a otro. Vi delante de mí, cerca de una piedra con forma de ciervo a un hombre de largos y blancos cabellos que me miraba largamente.

     Fuera del círculo, me llamó la atención la soberbia belleza de aquella mujer. Parte de su cabello castaño claro colgaba libre en la espalda. Llevaba un cerúleo casco que le cubría el rostro hasta la mitad del cuello. Las joyas que tenía en su cuerpo y en su azulada ropa eran abundantes, y una delicada torques cubría su cuello. Caminó hacia el centro del círculo, y miró al hombre a los ojos. Se quitó el casco y entonces pude ver su corona y su elaborado peinado. Sin duda, esa mujer pertenecía a la nobleza. Le entregó el casco a uno de los hombres que se había acercado y tomó la espada que éste le ofreció. El constante sonido sordo seguía vibrando y parecía un corazón enterrado debajo de ese círculo que hacía temblar la tierra. De pronto, la mujer dirigió su mirada hacia mí y noté que podía verme con total claridad. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Qué intensidad de ojos. Ella levantó su espada. Los demás guerreros dejaron el círculo. Por fin, el sonido constante se detuvo. El enfrentamiento comenzó. No pude evitar preguntarme cuántas conciencias envueltas en este eviterno espectáculo existían, o cuántas existirían mañana, o en unos años o en cientos.

Eso que no te digo

Yo no tengo un libro mojado por el agua del mar

Los míos son libros más bien llenos de polvo,

nunca se mueven de su lugar.

No saben de aventuras ni de arena.

Hay libros que no sé leer

y otros que no me interesan pero los leí

y se quedan dando vueltas…

Y de paso,

me gusta la sutileza de no saber qué me decís

si es que me lo decís

o yo creo que me lo decís.

Quiero creer que lo decís para que lo oiga

o es un poco de nada y el silencio hace el resto.

Mis palacios de memoria son raros

repetitivos hasta el hartazgo y no hay lujos

y me gusta llenarlos con las imágenes distorsionadas que

creé de tu persona.

Ni siquiera son reales.

Es lo que tengo o la ausencia de eso

o tal vez es nada,

es lo más probable.

Es como esa melancolía de querer o extrañar lo que no se tiene

sutil e inútil pero constante,

malditamente constante.