El bosque de robles

     Mi disgusto por las reuniones familiares me hizo retirarme temprano de la casa de mi abuela. Allí se festejaba el compromiso de unos primos lejanos a quienes apreciaba sinceramente, y antes de abandonar la inmensa casona, mi abuela me recordó que debía llevarme unas cajas que había separado para mí. Ella era una acomodada anciana que le fascinaba cada año renovar todas sus pertenencias y, gustosamente, obsequiaba algunas de sus cosas a quien quería. Nada se quedaba en esa casa más de un año. Con la misma pasión que obtenía los objetos los regalaba o vendía, según su antojo. Era una mujer que se renovaba constantemente. Bastaba que se acercara fin de año para que un desfile de cajas se amontonara en el espacioso living.

     Este año me había guardado numerosos libros que había adquirido en sus viajes por diferentes lugares. También numerosas ramas secas, piedras semipreciosas, una fíbula de oro y hojas de roble; y unas extrañas figuras de madera que había comprado en Japón hacía sólo unos meses junto con una katana en su vaina. Sin duda era un conjunto de cosas incompatibles entre sí, incongruentes y desiguales.

     Una vez instalado en mi departamento coloqué cerca de la ventana las ramas secas, las figuras de madera y las piedras en el alféizar. Desparramé las hojas de roble en mi mesita ratona junto con la fíbula y me dediqué enteramente a hojear los libros, que se hallaban en excelente estado. Me interesó uno en particular cuya tapa dura estaba forrada en cuero rojo, gastado. No tenía título, sólo unos símbolos gaélicos que, después de consultar su significado hasta el cansancio, me enteré de que solían hallarse tallados en piedras que se encontraban cerca de los bosques de Irlanda. Cuando toqué las hojas del libro, que en total eran diez, noté que no eran hojas de papel. Tenían un grosor y una suavidad que pude percibir con los dedos. No tardé en darme cuenta de que estaban hechas de cuero muy delgado, y que estaban escritas en un lenguaje que no conocía. Eran lisas e invadidas por el tiempo que les había impregnado su color amarillento.

     En su interior, en la contratapa, había un pequeño corte por el que se asomaba una punta de papel. Con extremo cuidado metí una pinza de madera y extraje su contenido. Eran, en total, cinco hojas de fino papel.

     Dejé el libro sobre la mesita y miré perplejo las hojas que había sacado. Las desdoblé, con cuidado, ya que parecía que se desharían en mis dedos. Estaban escritas con tinta negra y la letra era prolija y ondulaba levemente hacia la derecha.  Después de leer la primera hoja, pude enterarme de que era un tal Justiniano el que escribía y fechaba el margen izquierdo superior de cada hoja. Con incredulidad leí la fecha: trece de octubre de 1850.

     Traduciré —decía Justiniano en el primer párrafo— el contenido del pergamino que he encontrado en una excavación esta mañana. Para evitar sospechas, lo he cortado en diez trozos y lo pegué dentro de un libro, así resultará inadvertido. El pergamino ha sufrido el paso del tiempo y los símbolos amenazan desaparecer. La traducción será difícil, ya que es una lengua muerta que sólo se habla en exclusivos círculos cerrados que aún quedan en Irlanda. Este documento, guardado cuidadosamente en forma de pergamino —escribía Justiniano con su letra prolija— lo escribió un viejo druida que se hacía llamar Tanfreinn, en honor a su lugar de nacimiento en los límites de la Selva Negra.

    Por un momento, me quedé paralizado. Sentía una emoción profunda y a la vez una leve preocupación, ya que no me eran desconocidas algunas costumbres de los hombres que hubieron espantado a los generales romanos con sus gritos y ferocidad en la batalla. Yo sabía los druidas les enseñaban sus sucesores a memorizar cada acontecimiento, cada pedazo de historia sin trasladarlo nunca a una forma escrita, porque sostenían que perdían su valor, convirtiéndose en relatos carentes de la vivacidad que sólo podía darles la voz humana. Magníficas batallas al caer el sol, junto con el olor del pasto húmedo por las prolongadas lluvias se reducían a la pobreza de las palabras que trataban en vano de evocarlas.

     Retomé la lectura de las hojas Tanfreinn decidió escribir el acontecimiento que extinguiría a uno de los clanes dominantes del bosque de robles. Aunque la escritura estaba prohibida, el viejo druida sabía que ese hecho cambiaría una parte de la historia. Por eso, cuando ese día cayó en el ocaso tomó un pergamino cuya procedencia era de un toro que había sido sacrificado en el último solsticio vernal y plasmó las impresiones de aquel día.

     No pude evitar pasarme una mano por la frente. Aunque todavía no eran las cinco de la tarde, una inexplicable oscuridad envolvió cada ambiente de mi departamento como un manto lento. Se me antojó que las cosas perdían nitidez. Tengo que confesar que toda mi atención estaba en esas hojas, y era como si las demás cosas fueran nada o como si pertenecieran a otro mundo y yo sólo tuviera ojos y percepciones para las palabras de Justiniano.

     Tomé la segunda hoja, que estaba fechada unos días después de la primera. Justiniano seguía escribiendo Trataré de traducir ahora las palabras del druida, pero no es sencillo. He consultado hasta el cansancio frases enteras, símbolos, pero me cuesta reponer información. El gaélico no es mi especialidad; deberé esperar que un colega, que se especializa en simbología, me devuelva unos papeles que le envié hace unas semanas. Me preocupa un poco el significado de estos símbolos abstractos ya que los he visto tallados en varias piedras y árboles en los bosques más espesos de ciertas provincias de Irlanda. Y, en donde sea que aparecían, era habitual que una estela indescifrable se apoderara del entorno.

     Para mi sorpresa, había unos cuantos renglones en blanco. Una ráfaga inexplicable sacudió las cortinas, haciendo caer las piedras que había colocado en el alféizar de la ventana. Sin hacer caso a ese hecho, retomé la lectura.

     Después de prolongadas lluvias —ahora Justiniano traducía las palabras Tanfreinn— el sol se asomó tímidamente. El roble del centro del bosque se partió en dos y supe enseguida que un acontecer extinguiría a los integrantes del clan del bosque azul. Sin perder tiempo, monté mi caballo negro y me dirigí hacia la tribu. El presagio atormentaba todo mi ser pero mi decisión ya había sido tomada. Apenas llegué el jefe Bricio, vestido con ropas ceñidas y azuladas, me abordó y me invitó a pasar a su casa. Puso un festín en la mesa a mi honor, y mientras bebíamos le informé que al mediodía había sido pactado el duelo. Sería en dos días. El motivo, la insolencia de su hija mayor, que acostumbraba a desafiar al jefe del clan vecino. El resultado de la pelea provocaría una dicotomía irreversible, y le informé que luego del enfrentamiento a muerte, la batalla que los extinguiría era inminente. Ésta se llevaría a cabo en los límites del bosque de robles apenas comenzaran a florecer los árboles.

     Por un momento me quedé absorto. Sabía que los celtas acostumbraban a pelear a muerte por un insulto, pero esta pelea era la explicación del destierro y desaparición del clan del bosque azul. Muchos historiadores no lograban ponerse de acuerdo en cuanto a la repentina desaparición de ese clan entero; unos afirmaban que una devastadora enfermedad los hubo alcanzado, otros que eran parte de una leyenda, como tantos cantos y acontecimientos que se pasaban de boca en boca. La traducción de Justiniano había sido interrumpida una vez más. Recién retomaba la traducción semanas después. La segunda hoja aparecía fechada el día veinte de noviembre.

     He recibido hoy —escribía Justiniano con su letra prolija, que ondulaba levemente hacia la derecha— las notas que le envié a mi colega, junto con otras hojas. En ellas me comentaba que, efectivamente, se trataba de un documento remoto y que, por las pocas frases que hubo traducido, se trataba de exponer un acontecimiento sin precedentes; pero sería de una manera deleble, es decir de un modo que el conocimiento no pudiera aflorar sino para desvanecerse inmediatamente.

     No pude evitar soltar un suspiro. ¿Un conocimiento momentáneo? ¿Era posible tal cosa? Advertí un leve olor a tierra mojada, ese aroma a hojas sumergidas, barro y humedad que sólo se percibe en espacios abiertos y rurales.

     Mi colega —escribía Justiniano— me advirtió que era posible que el documento estuviera protegido, ya que pudo descifrar algunos símbolos que se tallaban en piedras cercanas a pantanos, o en el mismo tronco de los robles que se utilizaban para ofrecer sacrificios a Esus. Ese acontecimiento por alguna razón había sido escrito, pero también estaba destinado a no salir nunca del abismo negro de donde había sido concebido; y allí volvería una y otra vez cada vez que fuera articulado, llevando consigo la conciencia que lo percibiera. Mi colega, aunque es un hombre de ciencia, me advirtió que las leyendas eran sólo eso; pero que él mismo, en todos los años que había perseguido mitos y desenterrado objetos había presenciado escenas y comportamientos que no podía explicar de una forma racional.

     Por un momento dejé las hojas sobre la mesa. Miré la fíbula de oro y las hojas de roble desparramadas mientras me preguntaba cómo una conciencia podía ser trasportada a otro lugar. Sentí una vibración bajo mis pies, en las paredes, en cada rincón del departamento. Era un sonido sordo, grave que se dejaba oír espaciadamente, como una extraña melodía envolvente. Retomé mi lectura. Había otra vez un gran espacio en blanco.

     Dejé a un costado las notas que me mandó mi colega —escribía Justiniano y su letra había perdido su prolijidad; ahora se salía del renglón y las barras de las te traspasaban el papel— y, aunque entiendo sus advertencias, las dejaré de lado. Necesito saber qué es lo que pasó, y me atendré a las consecuencias. Ya percibo un tiempo que se instala en mí, un tiempo que está fuera del mismo tiempo. Me enloquece el sonido que sale de todas partes, parece envolverme y llevarme a un lugar anacrónico.

     Levanté la mirada de las hojas. A mi alrededor, los objetos perdían definición. Una parte de mí intuyó el inminente peligro que me acechaba; pero otra, que se resistía a renunciar al privilegio del conocimiento, cedió por completo. Y seguí leyendo.

     Sólo quedan dos pedazos de pergamino y los símbolos en él se hacen cada vez más ininteligibles. Trataré de apresurarme, aunque no puedo explicar por qué la grafía se aclara. La pradera de un verde fresco se hallaba inundada por las copiosas lluvias que se desencadenaron hace tres meses. Tanfreinn caminó Junto al jefe Bricio hacia el Norte, hasta que comenzaron a aparecer algunos árboles, anticipándose al espeso bosque de robles. Abruptamente la lluvia cesó, y pudieron ver las ramas caídas cerca de los tótems que se alzaban en forma fusiforme. El mediodía estaba cerca, ya que se había comenzado a oír un sonido grave, envolvente que se repetía cada tres segundos. El suelo parecía retumbar a cada paso. El jefe del clan azul caminaba junto al druida hacia el interior del bosque hasta que apareció un irregular sendero que conducía a un espacioso claro, de forma circular. En los bordes del círculo había grandes piedras oscuras, asimétricas y talladas con inscripciones abstractas que se encerraban en ellas mismas. En el centro del círculo había un grupo de hombres. Tanfreinn —siguió traduciendo Justiniano— se quedó cerca de una piedra con forma de ciervo, que se hallaba fuera del círculo. Un hombre entrado en años, pero no viejo, caminó hacia el centro del círculo. Tenía una espada en la mano y vestía un pantalón de cuero, cosido con hilos rojos. Llevaba el pelo suelto, que le llegaba casi hasta la cintura, y tenía la barba y bigote trenzados. Sus hercúleos brazos ostentaban brazaletes y adornos de oro. Su pecho carecía de prenda alguna, solo había sido restregado con un ungüento que hacía brillar su piel dorada. Una gruesa torques le cubría el cuello, cuyos extremos semejaban cabezas de serpientes. Sólo sus verdes ojos parecían darle vida a ese rostro inalterable. Se quedó en la mitad del círculo, esperando. El sonido se oía ahora cada vez más profundo y sin distancia entre cada repetición.

     Con incredulidad miré las hojas. La traducción había sido bruscamente interrumpida, ya que un rayón que destrozaba la hoja lo confirmaba. La última palabra de Justiniano estaba inconclusa. Exploté en una terrible blasfemia y arrojé las hojas al vacío. Comprendí que ciertos acontecimientos estaban destinados a no conocerse nunca, o por lo menos a morir con quien se atreviera a desenterrarlos. A mi izquierda tenía el libro de cuero rojo, gastado. Traté de cerrarlo, de dejar esos símbolos sumergidos en el silencio, pero mis ojos ya estaban fijos en ellos. No sé cómo, pero de pronto esos signos se trasformaron en imágenes comprensibles, accesibles. Pude seguir leyendo sin dificultad. Del grupo de guerreros que estaban fuera del círculo (porque eso es lo que eran) se destacaba una mujer alta, increíblemente atlética pero delgada. Un olor a tierra mojada despertó mis sentidos. Levanté los ojos del libro rojo, y me pareció que el sol se asomaría de un momento a otro. Vi delante de mí, cerca de una piedra con forma de ciervo a un hombre de largos y blancos cabellos que me miraba largamente.

     Fuera del círculo, me llamó la atención la soberbia belleza de aquella mujer. Parte de su cabello castaño claro colgaba libre en la espalda. Llevaba un cerúleo casco que le cubría el rostro hasta la mitad del cuello. Las joyas que tenía en su cuerpo y en su azulada ropa eran abundantes, y una delicada torques cubría su cuello. Caminó hacia el centro del círculo, y miró al hombre a los ojos. Se quitó el casco y entonces pude ver su corona y su elaborado peinado. Sin duda, esa mujer pertenecía a la nobleza. Le entregó el casco a uno de los hombres que se había acercado y tomó la espada que éste le ofreció. El constante sonido sordo seguía vibrando y parecía un corazón enterrado debajo de ese círculo que hacía temblar la tierra. De pronto, la mujer dirigió su mirada hacia mí y noté que podía verme con total claridad. Sus ojos grises se clavaron en los míos. Qué intensidad de ojos. Ella levantó su espada. Los demás guerreros dejaron el círculo. Por fin, el sonido constante se detuvo. El enfrentamiento comenzó. No pude evitar preguntarme cuántas conciencias envueltas en este eviterno espectáculo existían, o cuántas existirían mañana, o en unos años o en cientos.

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