El destino de Ignacio Heredia ©

     Ignacio Heredia tenía cinco años cuando lo arrancaron de su familia. Fue una noche de invierno. Su madre, Clara, corrió con Ignacio entre sus brazos hasta la casa de su hermana, y le exigió que se lo llevara lejos, y le hizo jurar que jamás lo traería de regreso. Su hermana asintió entre lágrimas, a la vez que se dirigía a toda prisa hacia el puerto, con el niño entre sus brazos. Clara los acompañó, y pudo ver cómo la embarcación se deslizaba por el ancho río. Miraba con lágrimas en los ojos cómo su hijo se alejaba hasta perderse en un punto lejano. Don César, un viejo pescador que vivía en la costa, cerca de los barcos, le dijo que nadie podía escapar de su destino y menos aún un Heredia. Clara ni siquiera se dignó a mirarlo.

     Veinte años después, Ignacio Heredia dejó a su familia con la promesa de volver a verla; le dejó una carta a su hijo que aún no podía caminar y retornó a la costa argentina en la misma embarcación que una vez lo hubo llevado a la costa del país hermano. Recordaba su niñez como quien recuerda un sueño. Las imágenes eran borrosas y las voces se deshacían antes de que pudiera entenderlas. Después de años de una búsqueda que no comprendía del todo, Ignacio creyó que encontraría una explicación a la pesadilla que se presentaba todas las noches en sus sueños, sin excepción. En ese sueño era un niño que corría descalzo por la playa, y comenzaba a gritar cuando veía el rostro del hombre que estaba tirado en la ribera del río. Cuando vivía en la costa uruguaya, un poeta que pasaba sus días en un barco encallado le había dicho que del otro lado del río encontraría todas las respuestas que estaba buscando, incluso las de su sueño repetido. Solo tenía que encontrar a don César, el viejo pescador que vivía frente al litoral en una casa construida sobre altas columnas de cemento que semejaban patas de material.

     Así lo hizo Ignacio. Cuando el barco arribó, permaneció en silencio mirando el puerto. Después de una caminata bajo el sol y sobre la arena, Ignacio encontró la casa. Vio que el viejo estaba pescando sobre un muelle largo, y cuando lo vio acercarse le preguntó quién era. Ignacio le dijo que era un Heredia y que esperaba encontrar una respuesta. Don César asintió en silencio y le dijo que pasara a su casa y que buscara su respuesta en uno de los libros de cuero rojo que se encontraban junto a la ventana del living. Y se quedó mirando las aguas que ondulaban hacia la costa.

     Ignacio Heredia entró en la casa y tomó un libro, entre varios otros. Se sentó en un sillón alto. Por la ventana podía ver las numerosas rocas y piedras en esa parte de la costa del río. Cuando lo abrió, se dio cuenta de que era un diario. Diarios con forma de libros. La primera hoja estaba fechada el día nueve de enero de mil novecientos veintisiete. La última, en el año dos mil diez. Dejó ese libro sobre la mesa. Las imágenes de su sueño se hicieron presentes. En ellas, era un niño de unos cinco años que corría descalzo por la arena. Después de hojear algunas hojas, encontró la que tenía el día que le interesaba. En esa hoja, había una fecha anotada en el borde superior izquierdo. Ignacio Heredia leyó en voz alta: Trece de julio de mil novecientos ochenta y cinco. En las hojas que siguieron, Ignacio pudo leer que don César, esa tarde de invierno, había vislumbrado una embarcación que se dirigía hacia la costa. Y sin poder esperar más, se sumergió en el relato como si ese fuera el único mundo que existiera. La letra del viejo pescador era prolija, y pudo descifrar los signos sin dificultad. Leyó:

     La embarcación arribó lentamente y, después de unos minutos, unos hombres descendieron de ella y se acomodaron alrededor de una mesa baja. Entre mate y mate y con los acordes de una guitarra de fondo, pude oír el comentario de un joven hombre que relataba el último duelo del “negro” Ezequiel Virreyes. Yo sabía que el negro, tal como su padre y su abuelo lo habían sido, era un destacado cuchillero de la costa uruguaya. Recordé que, por dos siglos, la familia Virreyes había resuelto sus conflictos fuera de la ley. Era un mundo con sus propias reglas y tradiciones que caían rigurosamente sobre cada uno de sus descendientes.  Ignacio miró hacia la ventana. El pescador seguía con la caña en la mano, y miraba el infinito. Y siguió leyendo:

     Mientras observaba el barco anclado, me pareció que el reflejo de la luna semejaba un puñal evanescente que comenzaba en las aguas del Río de la Plata y que terminaba en la ribera del país hermano. Y recordé cuando mi padre me contó que el primer rumor desafiante había sido traído por un barco pesquero hacía unos doscientos años. Era una madrugada fresca de otoño, el cielo tenía algunas nubes oscuras y la luna plateaba las orillas del ancho río. El país se agitaba en convulsiones políticas que mostraban vientos de profundos cambios; mientras que en el puerto, el joven José Heredia le pedía cuentas a uno de los hombres que había bajado del barco esa noche. Entre otras cosas, le dijo que de este lado del río, las cuestiones se arreglaban a su manera. Como respuesta, el descendiente Virreyes le cruzó la cara con su cinturón de cuero. Los hombres se miraron a los ojos y, sin decir palabra, se encaminaron hacia la playa. No pude evitar recordar la emoción en los ojos de mi padre cada vez que relataba esa pelea, y cómo se enorgullecía en decir que su padre había presenciado ese desafío. Quizá porque estaba amaneciendo, las primeras luces rojizas del alba crearon una imagen surrealista. Ambos hombres, diestros en sus armas, ofrecieron un espectáculo que habría de perpetuarse en la memoria de quienes presenciaron esa pelea. En menos de un cuarto de hora, el cuerpo del uruguayo yacía en la arena. Sus familiares lo retiraron y saludaron a su matador con respeto.

     Ignacio Heredia tuvo que dejar el libro sobre la mesa. Pudo ver con toda claridad el rostro del hombre que aparecía en sus sueños; y las voces que deshacían antes de que pudiera entenderlas se hicieron audibles. Ahogando un grito en su garganta, siguió leyendo:

     Esa noche del 13 julio, seguí oyendo los acordes de la guitarra. Los hombres estaban silenciosos, escuchando muchacho que seguía relatando la arrogancia del “Negro”. Faltaban pocas horas para el amanecer, cuando el muchacho interrumpió su relato. Un hombre entrado en años, pero no viejo, se acercó hacia él y lo miró fijamente mientras fumaba un cigarrillo de papel. El muchacho sonrió con insolencia; el mensaje había hallado tierra fértil. El penúltimo descendiente de los Heredia asintió y le escupió sobre los pies. Pude oír que en dos días se ajustarían las diferencias en la orilla que todos conocían de memoria, y que había presenciado cientos de duelos a cuchillo. Y, efectivamente, dos noches después los fogones fueron encendidos al caer el sol. Recuerdo que desde mi ventana todo se veía lejano, como proyecciones; pero pude adivinar que los dos hombres que se habían acercado a uno de los fuegos medían las facas y discutían los pormenores. Y una vez que los detalles fueron discutidos, la pelea comenzó. No duró mucho. El “Negro” Ezequiel Virreyes asestó una puñalada intensa, imposible de esquivar. Mario Heredia agonizaba de cara al cielo, cuando oyó la voz de su pequeño hijo que corría descalzo hacia él, y gritaba enloquecido: “¡Papá!, ¡papá!”.

     Ignacio Heredia cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Sintió que todo lo que lo rodeaba le era extrañamente familiar y suspiró aliviado. Sabía exactamente quién era y no lo podía negar por un minuto más. Salió de la casa y miró una vez más al pescador. El silencio dijo todo lo que ellos callaron. Don César vio pasar al joven hombre a su lado, y perderse a lo lejos.   

     Unos días más tarde sentado frente a su ventana, el viejo pescador observó que Ignacio Heredia se presentaba en la orilla que todos conocían. Y a lo lejos vio al “Negro” Ezequiel Virreyes que se acercaba lentamente. Y miró con cansancio a los hombres que se disponían a encender los fogones.

     Don César trató de recordar si en los últimos doscientos años alguna de esas peleas había significado algo más allá de la pelea misma. Y si alguna de las que se sucederían en los siguientes años lo haría. Conocía el coraje de los hombres, el honor de morir libres y en su ley pero por más que se esforzó no pudo ver nada grandioso en ello. Al final del día, solo era el caer de un hombre que generalmente agonizaba con lentitud, y otro que se retiraba del lugar en silencio.

     Quizá porque tenía más de cien años, o porque las peleas siempre eran las mismas, don César no pudo distinguir si la pelea era actual o si era del año pasado o del siglo pasado. Pensaba que en estos dos siglos, estas dos orillas permanecían tranquilas, estáticas y contrastaban violentamente con la actitud de los hombres, que no se entendían e insistían en dejar de ser hermanos.

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