El olvido ©

     Desplegó sus alas y con una desesperación que solo conocen los que olvidan de día, buscó las palabras sagradas en el viejo manuscrito. Dentro de esas hojas, que explicaban el comienzo y la perpetuidad de los tiempos, examinó la manera de forjar un tiempo fuera del mismo tiempo, ya que necesitaba prolongar las horas de oscuridad para no dejar de percibir a la única mujer que hubo amado en sus cientos de años. Pero el día sigue a la noche, y así las rojizas luces del amanecer se hicieron presentes.

     Con tristeza (acaso con resignación) la gárgola comenzó a petrificarse. De a poco, ella fue sumergiéndose en el olvido.

Laura Obholz, diciembre 2010

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