Azul

Llueve ahora y el cielo está gris

lo miro por debajo del pino de ramas azules

y de paso

recuerdo esos ojos.

Miré hasta el hartazgo resplandecer las estrellas en el lago

y sentada sobre la piel de la tierra, con sus olores y texturas

recuerdo ese nombre hasta el cansancio (lo invoco).

Días que pasan

ventanas intactas.

¿Qué es evocar sino desenterrar un recuerdo?

Sacarlo de su lugar, sacudirle la tierra

sacarlo de su contexto y dejarlo en un lugar extraño

que no le pertenece.

¿Perteneció a algún lugar alguna vez?

Pertenece este presente a algún lugar, me pregunto.

Qué hacemos con lo que se quiebra y viene como recuerdo quebrado

y ni siquiera con este presente podemos representarlo y

menos aún entender de qué se tratan sus formas.

Qué hacemos con lo que dejamos atrás

eso que

 de a poco se transforma en un engendro desconocido y amenazante.

A veces temo en las cosas que se van

más que nada por la forma en la que vuelven.

Piedras sobre la arena

Mirábamos nuestro sol, contemplábamos nuestras estrellas

nuestros hijos crecían junto a la tierra.

Nuestro sabio nos advertía de los blancos. Eran cuentos de hoguera entre cigarros.

Aún así oíamos atentos sus cantos,

lejanas historias, llenas de humo blanco.

Un día esas historias aparecieron, reales.

Llegaron, devastaron y rompieron nuestras piedras. Quemaron nuestros dioses, taparon nuestro sol.

No hubo estrellas en el cielo

nuestros hijos, como nosotros eran esclavos.

Después del amanecer nuestro sabio decidió. Señaló el mar a lo lejos.

Señaló el sol que desaparecía lejano.

Nos habló de un lugar secreto,

una tierra lejana después del mar.

Construimos nuestras balsas, dejamos todo atrás.   

Nuestros dioses de piedra nos miraron. Nos alejamos de ellos con lágrimas.

Les prometimos que renacerían otra vez.

Las frías aguas nos llevaban lejos,

las olas mecían nuestros ojos perdidos.

Nuestro sabio despertó de un sueño. Era un sueño agitado de tormenta. 

Se levantó y miró los hombres.

No podían sostener sus balsas atadas,

el viento las quebraba y las partía.

Muchos caían al agua negra, desaparecían pronto.

Los hombres estiraban sus brazos cansados,

no alcanzaban las balsas todas quebradas.

Aún así el silencio era atroz. No había fuerza para el llanto.

Desafiando la tormenta tuvieron la idea,

unieron sus brazos, estiraron sus manos.

No dejaron que nada los separe.

Pronto las balsas se hicieron una.

Pronto los hombres se fundieron juntos. El viento no separó ese nudo.

Cerraron sus ojos, esperaron el sol.

La luz apareció, un disco naranja,

los hombres despertaron, abrieron sus ojos.

Miraron la blanca orilla arenosa, cercana. Se deslizaron en el agua caliente.

Arrastraron las balsas, tomaron sus niños.

Frente a ellos había piedras altas,

caminaron hacia ellas, bajaron sus cabezas.

Les gradecieron, llorando, su nuevo comienzo. Sus dioses los esperaban para guiarlos.      

Laura

Primera entrada del blog

Ese viejo en el mar

Dejo de lado ese libro y me digo que son sólo palabras

(Si no hay palabras en un libro, qué habría en su lugar)

Pero creo que la cosa no está en que son palabras,

el problema sería, es

digo yo, el problema es dónde me llevan esas palabras.

Porque no puedo evitar mirar por debajo del agua y

Preguntarme cómo ese pez puede soportar la presión y

después

me pregunto cómo el viejo puede soportar la presión.

Y me digo que es sólo una historia pero entonces

me pregunto por qué no puedo dejar de pensar en el viejo

o por qué quiero pensar en él

(es casi lo mismo)

¿Será por la soledad que siente? O por lo solo que se siente

Creo que son dos cosas diferentes. Tal vez sean dos cosas diferentes.

No sé, pero cada vez que lo encuentro peleando con el pez

o solo en su barco pequeño en la inmensidad de la noche

o solo bajo el sol muy lejos de la costa de La Habana

o peleando con los galanos

o  pensando en ese muchacho que lo cuida siempre,

lo puedo ver completamente desesperado.

Y no puedo dejarlo así.

Nunca lo dejo así.

Cada vez que cierro el libro me aseguro de dejarlo leyendo sobre béisbol

o soñando seguro en su cama con los leones marinos

o  con las playas doradas y blancas de África

pero nunca

nunca

nunca, jamás lo dejo solo en el mar.